Mis muy estimados, ¡mayor placer verlos una vez más! Imagínense cómo me siento después de unas merecidas vacaciones. Ya lo sé: ¡me envidian! (chicas: lo único que pueden envidiar, ¡aún no recupero del todo mi cutis de porcelana china!). Bueno… pero no se pongan así… es que ustedes saben muy bien la agitadísima vida que llevo como cronista. Especialmente después de las últimas confesiones.
Los relaciones públicas me enloquecieron con los eventos sociales: presentaciones de libros (“Kamasutra II: ¡ahora 1500 direcciones de emails!”… la cultura antes que nada), inauguraciones de galerías de arte (pintura Radich, por suerte no apareció Abril), el debut teatral -como primera vedette- de Perlita “bomba sexy” García (¡¡horrible!!… te acordaste tarde del debut, Perli), y demás fiestas que hicieron de mí un esperpento (¿y esto?). En fin, demasiado humo de cigarrillos, demasiado alcohol en mis cócteles (¡contra mi voluntad!) y ya no estoy para esos trotes. Con decirles que, ni mi copita de brandy daba color a mi rostro, después de esas noches de excesivo glamour (color, lo que se dice color, tenía… ¡un lindísimo y conocido color verde musgo!).
Ahora me entienden por qué necesitaba detener el mundo para bajarme. Entonces decidí tomarme unas mini-vacaciones (¿20 días es mini?). Sí. Al día siguente tenía varios compromisos agendados (y no sólo se trataba de cosmética, ¡ojo!), pero nada me importó. En 15 minutos, llamé a quien correspondía y CANCELÉ todo. Eso sí, amigos, si esta vez me iba de vacaciones, a descansar, a relajarme, a distenderme, en una palabra: ¡a disfrutar… entonces no quiería irme ¡SOLA!
Por un instante, visualicé esta imagen: una encantadora mujer saliendo de una acogedora cabaña, rumbo a un bar de moda en medio de la nieve, una noche pro-me-te-do-ra, las luces del lugar la enceguecen, se choca a un par de camareros pero continúa, todos a su alrededor cenando en grata compañía y ella finalmente se sienta en una mesa y mientras bebe un trago se da cuenta que está a miles de kilómetros de la ciudad, con un vestido de lamé fucsia suave, pero… absolutamente ¡SOLA! ¡¡¡NOOOOOOOOOOO!!!
Es cierto, en otras épocas me hubiese simplemente encantado estar SOOOOOOOLA. Me hubiese puesto el vestido de gasa rojo y mis sandalias haciendo juego, de 15 centímetros, mis pestañas postizas, el lunar de Marilyn y ¡¡¡al ruedo!!! Eran otras épocas. Hoy, ¡¡¡NO PUEDO!!! Sin mi Sr. Ocupado no iba a dejar la ciudad. Mi decisión estaba tomada pero resultaría tan fácil por el famoso síndrome de los hombres: “mi-negocio-y-yo-somos-uno”. Por suerte, vivo para contarlo…
Decidida a dejar mi vida de cronista, dije adió a Karen y compañía por un par de días con el conocido sin rostro (aún me prohibe que publique su fotografía en la web… teme que lo confundan con el osito Winn… ¡qué bonito!). Fui corriendo a sorprenderlo… ¡con los pasajes en la mano! ¿Creen que fue demasiado? Tranquilos, ¡funcionó!
Como la mayoría de las veces que llego sin previo aviso, al verme en la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo un simpatiquísimo: “¿qué haces acá?” (un perro doberman es un payaso del circo ruso al lado de su rostro de pocos amigos). ¡Qué importaba su bienvenida! Yo estaba tan contenta con mi emprendimiento, tan segura de que esta vez definitivamente se iba a ir conmigo en unas largas y merecidas vacaciones. Por supuesto, tuve que escuchar una también larga lista de excusas pero… ¿qué más da? ¿Acaso no estamos acostumbradas?: “No puedo, el negocio me necesita”, “Es que la situación está muy difícil”, “Más adelante cuando me organice”, “Vamos a ver… pero no me acoses”, “Justo ahora iba a adelantar trabajo”, “Justo hoy empieza el campeonato”, “En este mismo instante me empezó a doler la panza”, etc., etc., etc. ¡Caramba, muchachos! ¿oyeron hablar de la creatividad? Las mujeres son tan decididas, tan perseverantes (ellos dirán erróneamente tan “molestas”), tan ¡perfectas!
¡Qué injusta que soy! (¡ay, bendita culpa! ¡TERAPEUTA!). Después de poner caras largas, hacer esos gestos que tanto me gustan cuando se enoja y de continuar con otra lista de excusas, tomó los pasajes y cuando creí que iba a romperlos, se detuvo y se quedó en silencio. Un silencio tan tenso que se cortaba con un hilo. A esta altura, yo estaba dando marcha atrás pensando que o había nada más que hacer. Entonces, el hacedor de milagros, me hada madrina, el oráculo de nosdedonde o el mago Manuel me concedieron mi deseo. El Sr. Ocupado me miró a los ojos, me sonrió (con esa sonrisa pícara de: “¡te saliste con la tuya!”) y me abrazó (Sr. Ocupado: son esos momentos los que “deseo que sean eternos”).
Cuatro horas después partimos rumbo a la ciudad de las cumbres nevadas. Él viajó con un bolso mediano, yo con dos valijas grandes, mi bolso de mano y una carterita de lentejuelas doradas (¡ojo!, llevé lo indispensable). ¡Qué tierna imagen!: su carita adormecida apoyada en mi hombro druante el viaje. Como esas caritas sonrosadas de bebés recién bañados, entalcados y perfumados. ¿No es un primor? ¡¡¡LÁSTIMA QUE ESA CARITA LA VI DURANTE TODO EL VIAJE!!! Casi ni recuerdo el color de sus ojos (son claros, ¿no?… ¿o ése era otro señor?).
La cabaña era soñada, tal como la había visualizado. Ni bien entramos y el Sr. Ocupado la vió, cayó en tentación. ¡Por Dios! Una cama increíblemente seductora que lo incitaba a caer en sus redes (ya sabemos qué débiles son los hombres cuando tiene sueño, hambre o si están enfermos… ¡válgame!). Yo diría que la cama era ¡sexy!: grande, mullida, perfumada, king-size, con almohada antitortícolis, sábanas hipoalergénicas y frazadas térmicas. Entendible. El Sr. Ocupado dio un paso más dentro de la cabaña y, acto seguido: se tiró de cabeza en aquel mueble, el más sexy que él jamás haya visto. ¡¡SOCORRO!!
Los días se sucedían y mi “extraña compañía” continuaba en pleno romance con la king-size. Conocía algo sobre sus hábitos de sueño: que se pierde cuando ve una cama, lo sabía; que se tira de cabeza, lo sabía; que cuando duerme se recomienda no molestarlo, lo sabía… pero esto era, como dice una amiga: “too much”, demasiado. Tenían que verlo enroscado entre las frazadas, levantándose únicamente para lo indispensable (y si digo “indispensable”… así era), desayunando, almorzando y cenando en la cama, ¡y con los ojitos cerrados! Según él era para no perder tiempo.
Vivo para contarlo, ¡10 días así!: el Sr. Ocupado en fogoso romance con la king-size. A lo sumo, abría un ojo para constatar que aún la nieve no lo había tapado, o tanteaba la mesita de luz para tomar un cigarrillo y fumar dormido, o se levantaba cual sonámbulo e iba directo al baño o, en el mejor de los casos, al refrigerador. ¡Creí morir! ¡¿Dónde había quedado mi fantasía de galmour en la nieve?! Claro que, a veces, pero sólo a veces, realicé una que otra actividad social… ¡Y bueno!, yo iba a divertirme no a dormir (amiga, no te hubieses perdido esos dioses nevados…).
¿Vacaciones? La verdad, después de lo acontecido, me merezco otras, ¿o no? ¡Ah!, ¿qué pasó el resto de los días? Como les conté, 10 días me quise morir pero los otros 10 días fueron ¡maravillosos! ¿Lo ven al Sr. Ocupado bebiendo cócteles, departiendo con celebridades, dejándose envolver por la música y las luces nocturnas, cantando y bailando, cenando a la luz de la velas? Él y yo. Sr. Ocupado: ¡gracias por compartir conmigo estas vacaciones! Amiga, ¡perservera y trinfarás!
¡¡¿Por qué volvimos a la ciudad?!! Nos vemos la próxima.