May
07
Escrito el 07-05-2008
en (capitulos) por Paola Diaz

Estimados y no tanto… ¡también! Aprovecho el receso en este Congreso Internacional para continuar con mi plan: “¡Chau Srta. Perfecta!”. ¿De dónde les escribo? Bueno, si siguieran mi columna… ¡sí!, digo bien: ¡mi columna! Sabrán que tuve que viajar a Japón por negocios. Bueno, señores estimados, desde acá les estoy escribiendo y punto… tampoco puedo estar dos horas explicando mis variadas actividades (no dispongo de suficiente tiempo).

Ah… para aquéllos que continúan bombardeando mi casilla de e-mail, curiosos por el paradero de la Srta. Perfecta, vuelvo, una vez más (espero que ahora no sea en vano), a pedirles que desistan de la idea. Como lo leen: ¡de-sis-tan! Porque ella está muy bien, demasiado para preocuparse por sus amigos lectores. Disculpen los más sentimentales pero la cosa es así.

Y hablando de sentimentales… aún tengo mucho por decir, sobre todo cuando se me ha acusado de ser “poco sensible”. ¡¿A mí?! ¡¿Poco sensible?! Señores, sí, les hablo únicamente a los señores, ¿por qué siempre se nos acusa de poco sensibles? ¿Por aquello de que ellas son naturalmente maternales? ¡Je! ¡¿Maternales?! ¡Muy maternales, diría yo! Especialmente cuando emplean la ironía para explicarnos esas cosas que únicamente entienden ¡las mujeres!: “¡qué vas a entender: la amistad entre mujeres es una hermandad!”; después se sacan los ojos por quen lleva el vestido más corto en una fiesta, cuando no… se sacan el novio. ¿Otra?: “¡qué vas a entender: el amor, el verdadero amor, lo sentimos las mujeres!”; claro porque no cuenta las veces que la llamo por teléfono (por cierto, que YO la llamo), ni cuando cruzo la ciudad para verla (por cierto, que LA CRUZO, literalmente), ni que me preocupo porque no salga tarde con sus amigas (sólo porque no ande tarde por la calle). ¡Por favor!

Parece que nada cuenta, ¿acaso por qué piensan, estimadas, que hacemos todo esto y ¡más!? Ya sé, ¡porque somos poco sensibles! ¿Y cuando, aunque no tengo nada de tiempo, y leo sus columnas? ¡No cuenta! ¿Y cuando estoy muerto de cansancio y voy a verla en el lugar que ella quiera, a la hora que ella quiere, para hacer lo que ella quiere? ¡No cuenta! ¿Y cuando de golpe me cambia de planes -sabiendo que soy un hombre muy previsor y me manejo con agenda?- ¿Yo digo algo? Ni “mu”. Pero, claro, ¡eso no cuenta! ¡Que no le escribo nada! ¡Que no leo sus mails? Yo soy un hombre de hechos… y escribo y leo con hechos.

¿Poco sensibles? Amigos, ¿qué entenderán las mujeres por “sensibilidad”? Aún recuerdo cuando la cronisticucha me dejó esperándola por más de una hora. Yo desesperado sin saber qué podría haberle pasado. Luego, ella llegó lo más contenta, revoleando sus encantos y encima se enojó conmigo porque yo estaba molesto por esperarla ¡a ella! También recuerdo muchas veces que se le ocurre llegar sin aviso y sorprenderme (dice ella), justo en días de pésimo movimiento en el negocio. Y… cuando hemos tenido una cena encantadora y todo parece estar en orden, de pronto, ¡algo pasa!, ¡no sé qué!… pero su humor cambia radicalmente y, por supuesto, ahí estoy yo para recibir todos los palos, que son: ¡bombas!

Cronisticucha: estás muy bien dónde estás… quédate tranquilita porque aún tengo mucho más para contar a tus estimados lectores. La Srta. Perfecta, la Srta. Sensible… ¡por favor!

¡Ah!… tampoco cuenta que tomo sus “brebajes”, que ella suele llamar: “mates”. Pero, que para mí son los más ricos que pudiera probar. Perdón: ¡eran! ¡Qué ingenuidad la mía!

Los veo la próxima, su amigo el Sr. “Traicionado”.